Cuando te enfrentas a una enfermedad cómo la mía, al
principio no te das cuenta, pero poco a poco vas comprendiendo que te enfrentas
a múltiples frentes. Unos, previsibles, otros no.
Igual que creo
que siempre estuve preparada para el diagnóstico y que tal vez por eso ni me
cayó el cielo encima de la cabeza ni tuve grandes momentos de bajón, nunca
pensé en cómo sería afrontarlo, digamos de una forma “social”.
Contarlo se ha
convertido en una de las facetas de este proceso que no había previsto.
Al principio
quería contarlo a todo el mundo. Era una manera de verbalizarlo, de “hacerlo presente”.
Tal vez si lo oía una y otra vez me daría cuenta de que había ocurrido, que
había que afrontarlo no sólo en la imaginación sino en la vida real.
Y después de
contarlo por teléfono, por mail, en persona a los amigos más cercanos, a la
gente que me importa y a la que pensaba que yo importaba y que me han
respondido de una forma mucho mejor de lo que podría haber pensado, aún quedaba
la parte más difícil.
Ha sido, con
mucho, el peor momento hasta ahora. Contarlo en casa.
Durante mucho
tiempo estuve decidida a no decir nada. Bastantes problemas tienen ya en su día
a día. Y total, yo me siento arropada, cuidada, acompañada. Para qué darles ese
disgusto que además tendrán que vivir a distancia.
Sin embargo,
también tenía que tener en cuenta su derecho a saberlo y, en caso de mi
hermana, hay que pensar en las consideraciones médicas (prevención
ginecológica).
Nunca
encontraba el momento de ir a verles. Bueno, me decía, puedo ir y no contar
nada. Hasta después de la operación. O luego, o más tarde o….
El fantasma de
la enfermedad de mi madre siempre estaba ahí. Ella también pasó por esto. Eran
otros tiempos y la información que se tenía acerca de operaciones y
tratamientos era muchísimo menor.
Por ejemplo, la
técnica del “ganglio centinela” es de 1990. Sirve para saber si los ganglios
del brazo están tocados o no. A mi madre aparte de una mastectomía radical –sin
reconstrucción!- le vaciaron la axila con los problemas posteriores para la
recuperación de la movilidad del brazo porque no era posible detectarlo. Los
tratamientos post-operatorios (quimio, radio, terapias hormonales) son mucho
mejores que entonces, más afinadas.
Pero aún así…. con
mi madre hay un “eco negro” que está arraigado muy profundo. Y ese eco se ha despertado, no sólo para mi.
Al final, tuve
que resolver el dilema.
A mi padre, que
ya empieza a acusar la edad de sus 85 años no he tenido el valor de contárselo.
Le dije que era algo de poca importancia y no le di muchos datos. Creo que he
hecho bien.
A mi hermana
si. Y no os podéis imaginar el dolor que eso me ha causado. No he podido
escribir en todos estos días. Aún estoy un poco bloqueada.
Creo que
si pudiese dar una sola razón por la cual no quiero pasar por esto sería esa,
la de no hacer sufrir a la gente que me quiere.
El resto…. soy
una leona, no me va a ganar un puto cangrejo.
















